Pero él ya no podía detenerse.
—¿Cuántos años tienen?
Esta vez respondió Santiago:
—Seis. Vamos a cumplir siete en agosto.
Alejandro hizo el cálculo en menos de un segundo.
Seis años.
Casi siete.
El aire le faltó de repente.
Porque siete años atrás, poco antes de que Valeria desapareciera de su vida, ambos habían pasado juntos aquella última noche en Valle de Bravo. La noche en la que, por primera vez, él había hablado seriamente de dejarlo todo por ella. La noche en la que ella lloró en silencio mientras él dormía, sin que él lo supiera. La noche después de la cual ella simplemente… se fue.
Sin explicaciones suficientes.
Sin despedidas verdaderas.
Solo una carta breve, dolorosa, que él arrugó con rabia y luego guardó durante años en la caja fuerte de su despacho.
“No me busques. Es lo mejor para los dos.”
Lo mejor para los dos.
Ahora entendía que aquella frase escondía mucho más de lo que él había imaginado.
Alejandro miró a Valeria.
—Necesito hablar contigo.
Ella lo sostuvo con una mezcla de cansancio, tristeza y una vieja ternura que seguía allí, intacta y castigada por el tiempo.
—No aquí.
—Entonces cuando aterricemos.
—Alejandro…
—Cuando aterricemos, Valeria —repitió él, sin dureza, pero con una firmeza que ya no venía del magnate acostumbrado a ordenar, sino del hombre que sentía que le habían arrancado años enteros de vida.
Los niños percibieron la tensión.
Mateo frunció el ceño.
—Mamá, ¿lo conoces?
Valeria tragó saliva.
—Sí… hace muchos años.
Emiliano sonrió con inocencia.
—Se parece un poquito a nosotros.
Nadie respiró.
Ni Valeria.
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