El magnate vio a su exnovia en el avión… y a su lado iban tres niños trillizos idénticos a él. En ese instante, se quedó sin aliento…

La sobrecargo se acercó para ofrecerle una copa de vino, pero Alejandro apenas la escuchó.

Ya no tenía cabeza para nada más.

Se limitó a observar en silencio.

Cada gesto de los niños. Cada sonrisa. Cada pequeño movimiento.

Y mientras más los miraba, más crecía dentro de él una mezcla insoportable de asombro, dolor y arrepentimiento.

Del otro lado del pasillo, Valeria también pareció sentir aquella mirada.

Levantó lentamente los ojos.

Y cuando sus miradas se encontraron, el tiempo pareció detenerse.

El aire se volvió pesado.

El ruido del avión desapareció.

Y durante ese breve pero eterno segundo, todo el pasado que ambos habían intentado olvidar regresó con una fuerza devastadora.

Alejandro no pudo apartar la mirada.

Valeria bajó los ojos casi de inmediato, como si aquel cruce hubiera abierto una herida que llevaba años intentando mantener cerrada. Uno de los niños, el más inquieto de los tres, tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá, ¿quieres agua?

La voz del pequeño hizo que Alejandro sintiera un escalofrío. No era solo el rostro. No era solo la expresión. Era también la manera de hablar, la serenidad que contrastaba con la curiosidad viva en sus ojos. Era una mezcla imposible de ignorar.

Valeria sonrió con ternura.

—Sí, mi amor. Gracias.

El niño se levantó con dificultad de su asiento, pero antes de que pudiera dar un paso, Alejandro ya estaba de pie.

—Yo se la traigo —dijo, casi sin pensar.

 

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