—Lo sé. Pero no la echamos de menos. —Miré hacia el asiento trasero, donde Sophia estaba sujeta en su silla de coche—. Está aquí. Es nuestra. Eso es lo que importa.
Cuando llegamos a casa, el baño estaba exactamente como lo habíamos dejado. La toalla sobre el mostrador. El agua de la bañera estaba fría.
Daniel se quedó parado en el umbral, mirando la bañera del bebé como si lo hubiera traicionado.
—No puedo —dijo.
Di un paso al frente y extendí los brazos. “Dámela”.
Daniel se quedó a mi lado, observándome mientras yo bañaba con cuidado a nuestra hija.
Al cabo de un rato, dijo: “Es más fuerte de lo que pensábamos”.
La miré. La pequeña línea en su espalda. La verdad imposible de que ya había sobrevivido a algo.
—Siempre lo fue —dije.
Apoyó una mano en el mostrador. “Simplemente no estábamos allí para verlo”.
Pensé en los años que me llevó conseguirla.
Recordaba cada lágrima derramada en los estacionamientos, en los baños de las clínicas y en el lado oscuro de nuestra cama mientras Daniel fingía dormir porque no sabía cómo ayudar.
Pensé en todas las veces que la maternidad me pareció una puerta que se abría para todos menos para mí.
Entonces miré a Sofía: cálida y resbaladiza en mis manos, viva, obstinada y nuestra.
“Ya estamos aquí”, dije.
Daniel me miró a los ojos en el espejo.
Y por primera vez desde que vi esa incisión, el miedo que sentía se transformó en otra cosa.
Porque me habían tratado como algo secundario. Como una formalidad. Como si la maternidad fuera algo que recibiría después de que ya se hubieran tomado las decisiones importantes.
Estaban equivocados.
Saqué a Sofía del agua y la envolví en una toalla, colocándosela debajo de la barbilla. Ella emitió un leve sonido de ofensa, y Daniel se rió a pesar de sí mismo. Fue una risa temblorosa, pero sincera.
Presioné mis labios contra la parte superior de su cabeza húmeda.
Nadie volvería a decidir jamás si yo contaba o no.
Ya lo hice.