—Me caí de la bici —dijo, intentando reír.
La miré más de cerca. Los dedos hinchados. Los nudillos rojos. No eran manos de alguien que se cae. Eran manos de alguien que se defiende.
—Lidia, dime la verdad.
—Estoy bien.
Le levanté la manga antes de que pudiera impedirlo. Y sentí que algo viejo y dormido abría los ojos dentro de mí.
Tenía los brazos cubiertos de marcas. Unas amarillas y viejas. Otras recientes, moradas, hondas. Huellas de dedos, líneas de cinturón, golpes que parecían mapas del dolor.
—¿Quién te hizo esto? —pregunté en voz baja.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puedo.
—¿Quién?
Se quebró entera. Como si la palabra la hubiera estado ahogando durante meses.
—Damián —susurró—. Me pega. Me pega desde hace años. Y su mamá… y su hermana… ellas también. Me tratan como sirvienta. Y… y también le pegó a Sofi.
Me quedé inmóvil.
—¿A Sofía?
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